Primer Ascenso al Domuyo

Primera cumbre del Domuyo - 16 de noviembre de 1903

Del libro: "Por el Alto Neuquén – Ascensión al Pico Domuyo" – "Diario de viaje de Chos Malal al río Varvarco por el río Neuquén, regreso por el río Curileo. Resumen general". (1903) – Sacerdote Lino del Valle Carvajal - Buenos Aires. Librería salesiana del Colegio Pío IX – Primera edición 1906.- Hay una reedición de SIRINGA Libros - Neuquén, 1980.-

RESUMEN Y RECORRIDO:

El libro relata el viaje del Padre Lino del Valle Carvajal al Alto Neuquén y forma parte de otros tres libros más sobre la Patagonia, (entre ellos uno sobre el Tromen y Caicallén), que escribió este destacados sacerdote y científico salesiano, de nacionalidad uruguaya. Son raros y casi desconocidos frutos de su conocimiento personal de los lugares visitados, con abundancia de datos científicos que hacen a las alturas, temperatura, posiciones geográficas y datos de flora y fauna de las zonas recorridas, al igual que informaciones de la vida social de aquellos tiempos y específicamente valioso para nuestra zona norte neuquina.


El Volcán Domuyo desde la distancia

Con siete mulas, un caballo y un carguero para los víveres y los instrumentos científicos, el Padre Lino Carvajal parte de Chos Malal el 10 de noviembre de 1903 acompañado por su hermano Gumersindo D. Carvajal, del vecino Olegario Ocampos, y Santiago Foggiarini. Cruzando el Curi Leuvú se dirige al actual El Alamito y continuando por el Chacay Mellehue cruza la Cordillera del Viento y se aloja en La Primavera. El 11 recorre los campos de explotación aurífera en lavaderos y vetas de Milla Michi Có y Huaraco donde registra preciosos datos de los orígenes de la minería del oro en la región. El 12, desde Huaraco y bordeando la margen izquierda del Neuquén, llega hasta el arroyo Butalón. El 13 hace el recorrido hasta Los Bolillos sobre la costa del Varvarco. El 14 acompañado del chileno José Roza Flores y los peones J.M. Ibáñez y José B. Vega, llegan a alojar a los baños del Agua Caliente. El 15 sube por al arroyo Manchana Covunco, alojando en un campamento encima de El Humazo. El 16 se realiza la ascensión al Pico Domuyo. El 17 llegan a alojar a Casa de Piedra en las alturas del Atreuco. El 18 bajan hasta la costa del Curileuvú alojando cerca del Molulco. El 19 regresan a Chos Malal deteniéndose a visitar las minas de carbón de Chacay Melehue.


Así describe el ascenso Gumersindo D. Carbajal:

"15 Noviembre: Partimos del Humazo hacia el Domuyo llegando a una pampita donde nuestro jefe determinó desensillar para explorar los contornos. Estábamos detrás de un cerro o alto lomo que ocultaba únicamente al Domuyo. Rosa Flores acompañó al Padre en esta excursión preparatoria subiendo al cerro que nos servía de reparo. Lo llamó 15 de noviembre y desde allí pudo darse cuenta por donde debíamos acometer la subida al día siguiente...

16 Noviembre: A las 5 de la fresca mañana el Padre celebró la Misa como de costumbre. El altar se armó con los cajones y cangallas haciéndole reparo con las matras para que no se le apagaran las luces, pues el viento a 2.800 metros es algo penetrante y remolinoso. En todos se notaba una gran atención pues era el día que debíamos desencantar al temible Domuyo.

Eran las seis cuando nos pusimos en marcha orillando el costado izquierdo del Cerro 15 de Noviembre. Así continuamos hasta caer a un torrente de aguas negras. Fue un continuo desbarrancarse por derrumbaderos de yeso y cenizas volcánicas. En una parte fue necesario usar el pico para quebrar algunos puntos que permitieron pasar al carguero con los víveres e instrumentos.

La subida hacia la pampa del Domuyo no fue menos peligrosa, pues se desmoronaban pedazos de tierra y grandes piedras. Trepados a esta parte todos creíamos haber violado la puerta del famoso palacio. Como nadie conocía el lugar el Padre nos servía de guía, siguiendo la dirección más conveniente.

A las 9 ¾. hicimos alto en una especie de plazoleta que se llama de San Gregorio.

Desensillamos y nos preparamos para la ascensión a pié. A decir verdad el pico no nos parecía muy alto ni tan difícil y creíamos poder llegar entre las 12 y la 1 de la tarde. Por esto, cargamos solamente los víveres para el almuerzo que íbamos a hacer sentados en los puntos más sobresalientes del pico, que el Padre decía no se elevaría a más de 600 metros, no sé si por ocultarnos la distancia o porque así le pareciera. ¡Que la jugarreta de ocultarnos las distancias era vieja para nosotros!

Algunos íbamos en manga de camisa y con la ropa más liviana; los chilenos se ataron la cabeza para que el viento no les llevara el sombrero. Arreglados los caballos el Padre nos dividió en tres secciones, cada una con una cuerda de salvación y parte de víveres. La 1ª la formaba el Padre Lino Carvajal, José Rosa Flores y el peón José M. Ibáñez; la 2ª yo y Don Olegario Ocampo; la 3ª Santiago Forgerini y el otro mozo chileno B. José Vegas.

Teníamos casi al SO el pico del Domuyo y el humo de la Olleta Bramadora al Oeste. Un arroyito de altas barrancas nos separaba de la pampa o plataforma de la Olleta.

Así dispuesto, el Padre tomó la puerta siguiéndole todos. Bajamos al torrente fácilmente pero ya la subida empezó a ser difícil. Con todo, la superamos y nos dirigimos, siempre detrás del Padre que muy luego nos dejó a cierta distancia. Pasamos una lagunita, que se llamó del Pato porque este pobre pato voló asustado al ver y oír pisar aquel suelo lo que tal vez nunca habían hecho pies humanos.

Desde este punto empezó lo más duro de la empresa. El terreno parecía elevarse a propósito y los montones de pedregullo se escurrían con nosotros que era un gusto. ¡Cuántos golpes..!¡Cuántos resbalones..!

También vimos parado al Padre en un cerrito junto a la Olleta desde donde nos hacía seña para elegir el mejor camino. Pero nosotros ya sudábamos y D. Gregorio protestaba de no querer seguir. Al fin llegamos y visitamos el terrible chorro de agua y vapor, cuyos ensordecedores bramidos repercutían en las rocas con altísimo rumor. Aquello era infernal: el vapor salía con un olor azufrado de un agujero que pudimos ver de cerca. Yo pagué el pato como se dice, pues al querer pisar en terreno lleno de costras calientes, una de estas se rompió y me quemé un pié; mi pobre alpargata quedó adentro sacándola después medio cocida. El terreno es algo tembloroso y en el mismo orificio principal de la Olleta Bramadora todo está oscilando.

Después de reposar como media hora, salimos a las 12 hacia un boquete que a todos nos parecía estar a doscientos metros y no tener más de cincuenta metros de alto. ¡Qué engaño..! Dos horas echamos en llegar hasta él, atravesando montones de nieve endurecida. Cuando subimos todos, se le llamó “Portillo gracias a Dios” porque todos las dimos. La subida inmediata a éste se componía de fragmentos sonoros que nos recordaban las historietas de los cencerros y cascabeles.

Desde este portillo, nos dirigimos hacia una lagunita que se extendía sobre una pendiente, cosa muy rara si no se supiera que la constituía por encima un transparente cristal de hielo. Se le llamó Laguna del Engaño, por un chasco que le pasó al Padre.

Seguimos luego por un terreno barroso por los deshielos, trepando cerros y más cerros, cada vez más postrados. Uno se llamó Roza Flores, otro Santiago, otro Gumersindo y otro Olegario Ocampo. El Padre daba los nombres a los cerros donde alguno sufría alguna peripecia, un golpe, un resbalón, un tajo en las piedras cortantes. Si sólo por los golpes hubiera querido dar nombres, creo que hubiera tenido que repartir los nombres más de cincuentas veces por persona.

En el cerro Santiago, antes de treparlo, el Padre quiso atravesar un ventisquero que nosotros le aconsejamos no lo hiciera; pero él se fue como de costumbre, cargado con sus instrumentos y un rebenque en la mano. A pocos metros le vimos hacer un rápido movimiento y caer arrastrado por la nieve; creímos que iba a perecer, cuya idea nos petrificó; pero por Providencia santa no sé qué vuelta dio y pudo venir a caer cerca de unos peñascos negros. Apenas llegó dijo: “No es nada, creía que la nieve era más dura”, se levantó, no sufrió nada, salvo un dedo y las manos un poco peladas. Dijo que el taco de las botas y el rebenque le habían favorecido.

Pasado el risco Santiago, donde éste también se cortó un dedo, nos paramos a comer algo. Estábamos todos muy cansados. Eran las 3.45 p.m. y el Padre decía que aún había que subir. Los mozos chilenos eran los que estaban más rendidos y uno que venía con los ojos colorados, decía le venían vómitos. Comimos con verdadera hambre y tomamos unos tragos de licor. El agua era la nieve azucarada. Allí nos agarró un poco de viento.

Continuando nuestra marcha los chilenitos se quedaron atrás y uno de ellos dijo que no le era posible ir adelante, que ellos ya habían hecho lo bastante, para vanagloriarse de haber subido al Domuyo. Al poco rato cayó uno y se puso cadavérico. El Padre opinó entonces que era mejor dejarlos, dándoles unos tragos de licor. Como el tiempo andaba mal, los chilenitos creían que nos iba a tomar la tormenta de nieve del Domuyo y temían más. El Padre, no obstante nuestro cansancio e indicaciones de regresar, persistió en llegar hasta el fin. Yo y Santiago nos habíamos propuesto acompañarle hasta morir. Roza Flores, también quería venir con el Padre y llegar hasta donde él llegara. Así seguimos, unos muy distantes de otros y magullados de golpes. Pasada la tormenta de granizo y las nubes que nos envolvieron llegamos a las 7 a un cerro donde D. Olegario no pudo mas seguir. “Me quedo aquí –me dijo- dígale al Padre que lo esperaré hasta que vuelva, si es que vuelve”. Este cerro se llamó después, Olegario. A las 7.35 p.m. llegó el Padre al pico principal a la entrada del sol: detrás de él llegó Santiago luego Roza Flores y yo. Desde esta altura de 4300 metros, se abarcaba un horizonte inmenso, las cordilleras parecían cerritos. Una vez allí, el Padre me vino al encuentro diciéndome: “Apúrate a llegar que vamos a saludar el pico con salvas”. A la verdad, yo tenía muy pocas ganas de saludar, pero su palabra y alegría me reanimó. Cuando nos reunimos, todos estábamos conmovidos. Enseguida el Padre con su máuser, Santiago con la carabina y yo con mi revólver hicimos una descarga en dirección a unos altos peñascos vivando a la República Argentina. Luego otra descarga y un tiro final de revólver. Siete detonaciones, un disparo por cada una de las siete personas que habíamos empezado la subida, de las cuales tres se habían quedado atrás. Al fin vivamos a la Argentina, al Uruguay y a Chile. El Padre nos invitó a rezar tres Páter y una Salve a la Divina Providencia para que nos protegiera en el descenso, pues la noche empezaba a llenar de oscuridad la montaña.

Habíamos echado diez horas en subir. Dando la vuelta, a las 8, encontramos a D. Olegario y se labró un acta que se introdujo en una botella de cerveza que se bebió con D. Olegario. Está escrita en lápiz, y se metió entre unas rasgaduras del risco Olegario. Enseguida emprendimos la bajada medio a la carrera y dándonos golpes a cada momento. Yo y D. Olegario caímos encima uno de otro muchas veces; parecía que cuando el de adelante caía, al otro se le aflojaban las piernas y se venía encima del primero. Sólo el Padre parecía tener piernas de acero; marchaba como por tablas por pendientes inclinadísimas. La noche se hizo oscura y tormentosa. Cuando llegamos al portillo “Gracias a Dios”, se deliberó qué debíamos hacer. “Seguir adelante”, dijo el Padre y bajamos separándonos inmediatamente. Yo seguí siempre al lado del Padre; temía que su arrojo lo llevara a una desgracia. ¡Qué oscuridad en esta parte de la Olleta Bramadora! Esta con sus bramidos llenaba los recónditos de las rocas. ¡Cuántos golpes en el hielo!

Todos habíamos gastado el primer par de alpargatas y el segundo no andaba mejor. Santiago, que venía con nosotros, tuvo que ponerse las botas y fue un triunfo calzárselas. ¡Pobre muchacho! Como tardara mucho y el Padre lo ayudara nos respondió: “Yo me quedaré aquí; no me entran las botas”. Tenía los pies estropeados y no hubiera podido seguirnos descalzo. En vista de esto le ayudé a ponérselas y marchamos. A las 10 habíamos llegado al portillo “Gracias a Dios” y a las 11 ¼ llegamos al arroyo del Salto, que estaba crecido. Como nadie se atreviera a pasarlo, el Padre fue el primero a saltar hacia una piedra que sobresalía. Detrás de él D. Olegario, luego yo, después Santiago y Roza Flores. Pasado el arroyo, nos encontramos encerrados por un gran manchón de nieve perpetua.

Aquí fue el andar para arriba y para abajo, buscando por dónde salir del apuro, tanteando a oscuras o encendiendo fósforos para ver por dónde pisábamos. Al fin se nos concluyeron también estos, encontrando un manchón de tierra húmeda entre la nieve, por donde se decidió subir gateando. La cosa era peliaguda y Roza Flores fue el encargado de subir primero; detrás le siguió el Padre, llevando una soga que nos alcanzó como a los 10 metros. Luego se convino que Flores llevara la soga y que cuando llegara a lugar seguro se la tirara al Padre y éste a nosotros. Esta operación la repetimos cuatro veces hasta el fin. En la tercera el Padre estuvo por irse abajo a causa de un resbalón y una cascotada que cayó de arriba.

Por fin llegamos. Eran las 11 ¾.

Este fue el punto más crítico que hemos pasado y de mayor ansia. Una vez arriba, con la oscuridad reinante, nos perdimos andando un rato hasta que el Padre dio con nuestras pilchas. Allí se tomó otra botella y nos echamos a dormir a las 12 ¼ después de emplear cuatro horas en bajar."



* El Padre Carvajal, en el mismo libro, hace una descripción más científica y detallada del ascenso, muy larga para trascribirla aquí, sólo la descripción del momento en que hace cumbre:

"Después de salvar dos riscos, a las 7,35 pm de mi reloj llegué con Forgerini al pico principal, formado por unos peñascos de más de diez metros de alto, casi aislados. Pocos momentos antes se había entrado el sol en un lejísimo horizonte en dirección a Chillán para hundirse en el Pacífico en un dosel de purpúreas gasas de vapores.

Los Andes se habían convertido en lomas ondulantes cubiertas de nieve y de lagunas, donde se levantaban unos 16 cerros poco altos, entre los cuales pudimos reconocer el Longaví, el Campanario, el Descabezado, el Tupungato, el Chillán, el Antuco, el Copahue, el Lonquimay y otros. Sólo el Tupungato y acaso el Tinguiririca elevan sus conos más altos que el lomo del Domuyo. También vimos las lagunas del Varvarco y la del Maule al sur del Campanario. Las cordilleras habían perdido por completo su majestad, y en el ánimo de uno le asaltaba la duda si acaso no se hubieran bajado a ser humildes colinas nevadas.

La altura a que habíamos llegado era de 3.439 metros sobre Chos Malal, a 1.100 sobre nuestro campamento y a 4.300 sobre el mar.

El suelo donde estábamos se componía de un esquisto metamórfico ferruginoso con espontones de rocas porfíricas o traquíticas. No había en ninguna parte señales de lava ni escorias u otras sustancias volcánicas características. No era pues el Domuyo un volcán. El gran lomo nevado se extendía al Sur en forma siempre de Domo; entre él y una línea de alturas paralelas hay un profundo precipicio a pique que tiene al fondo un ventisquero. Da vértigos aproximarse a él y parece una falla entre las rocas primitivas; lo he llamado por esto, “Ventisquero del vértigo”.

De los siete que habíamos emprendido la ascensión sólo habíamos llegado cuatro: el suscrito, Forgerini, Roza Flores y Gumersindo. El señor Olegario Ocampos había quedado a 100 metros más abajo, rendido de cansancio.

Para tomar posesión de la cima hicimos siete disparos con nuestras carabinas y un revólver vivando a la Argentina, al Uruguay y a Chile que estaban allí representadas. El estruendo, si bien algo apagado, repercutió en los recónditos de la montaña, anunciando el triunfo del hombre civilizado que venía a hollar por primera vez esas cumbres excelsas.

La noche avanzaba y dando gracias a la Divina Providencia que nos había tan visiblemente protegido descendimos a las 7,40 p.m. A poco andar encontramos a nuestro amigo y allí destapamos una botella que habíamos reservado brindando con orgullo a nuestra victoria y a la confraternidad de las tres naciones. Luego labramos una pequeña acta escrita a lápiz encerrándola en la botella que ocultamos en una grieta del segundo risco hacia abajo, que llamamos Risco Olegario. En el acta consta la fecha, el nombre de las cinco personas presentes y el nombre de Pico Carvajal que mis amigos quisieron dar al que tantas fatigas nos había costado para ascenderlo".


LOS MIEMBROS DE LA PRIMERA ASCENSIÓN AL DOMUYO:


Padre Lino Carvajal, Gumersindo Carvajal, Santiago Forgerini, José Rosa Flores, Olegario Ocampo, José Manuel Ibáñez, José Benito Vega.


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