La mayoría de viajeros que llega a conocer el sur teme encontrarse con caminos de ripio en mal estado y decenas de kilómetros sin servicios. Por ello desiste de aventurarse por el interior patagónico, y elige las rutas tradicionales que llevan a la cordillera (RN 22, RN 237) o hacia la costa (RN 3).
La inmensidad patagónica, la soledad, el horizonte sin fin, sus cielos de infinitos colores, esa tierra que ejerce un poderoso imán sobre todo el que la pisa, permanece prácticamente desconocida por esta razón. Es verdad que la escasa población y la lejanía de las ciudades principales suelen dejar en el olvido el mantenimiento de caminos que podrían conducirnos a paisajes naturales insospechados.
La provincia de Chubut ofrece una alternativa para admirar la meseta patagónica uniendo los atractivos del mar con los de la montaña sin sufrir por nuestro automóvil: sólo se trata de atreverse a cruzar de este a oeste (o viceversa) por la ruta 25 que flanquea el valle del río Chubut.
Entre Las Grutas y Puerto Madryn (ver Notas anteriores), la costa ofrece hermosas playas y hábitat propicios para la fauna marina austral.
Una vez decididos a emprender la travesía, enfilamos hacia el suroeste hasta Trelew (67 km), ciudad donde es obligado visitar el moderno museo paleontológico Egidio Feruglio (MEF).
A partir de aquí, tomamos la ruta 25 que transita el último tramo del río Chubut, zona donde se afincó la comunidad galesa, y en Gaiman podremos probar el tradicional té gales. En Las Plumas conviene cargar combustible, ya que por unos cuantos kilómetros no encontrará nada…pero vale la pena, en especial si nos estamos tomando un respiro de la ciudad y el ruido.
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Esta carretera, totalmente asfaltada, atraviesa un paisaje para nada monótono: el monte ya ha dado lugar a la estepa patagónica, con sus arbustos en forma de almohadón, apretados contra el suelo: neneo, quilembay, alfilerillo, y el rústico pasto coirón. Algún grupo de álamos o tamariscos lejanos nos indica la presencia del hombre, algún puesto quizás dedicado a la cría de lanares.
A lo lejos comenzamos a ver “Los Altares”: mesetas inmensas, que bajan escalonadas hacia el valle. Cuando el camino se acerca a ellas, podemos ver su impresionante altura, y las capas horizontales de diversos colores y composición, un “pastel” creado durante millones de años de sedimentación, y con alternancia de surcos y salientes producto de la erosión. Algunas están coronadas por oscuros escoriales, rocas basálticas producto de erupciones volcánicas.
No es raro que estos ambientes sean el paraíso de los paleontólogos. Ciertas capas se denominan “estratos con dinosaurios”, por los restos fósiles que suelen albergar.
Si nos detenemos unos minutos en la banquina y salimos al viento, podremos sentir tal vez lo mismo que experimentó Darwin cuando exploró estas planicies, que no han cambiado demasiado desde aquellos tiempos.
En Paso de Indios encontramos un paraje con estación de servicio, y a partir de allí, la ruta toma orientación noroeste y el suelo se va ondulando poco a poco, entrando en las estribaciones de la cordillera patagónica.
Llegando a la ciudad de Esquel, las opciones para visitar son variadas: Trevelin (otra colonia galesa), La Trochita, La Hoya, El Bolsón….Pero si el tiempo es escaso, se impone visitar el Parque Nacional Los Alerces y su magnífico Alerzal milenario. Sólo puede accederse al sitio mediante excursión lacustre que parte desde la mañana, por lo cuál es importante averiguar los horarios en la dirección de turismo local.
La ruta 259, entre bosques y campos agrícolas, conduce al parque. Allí cobran el ingreso y tomando el camino de la derecha, se llega a la caseta de cobro de la excursión, donde un puente colgante sobre el río Arrayanes nos conduce a una breve caminata interpretativa hasta el muelle del puerto Chucao. A partir de aquí, nuestro guía se hace cargo y mientras cruzamos el espejo del lago Menéndez podemos observar el glaciar Torrecillas que se descuelga desde las cumbres. Descendemos en otro muelle que nos lleva a un circuito entre la tupida vegetación del bosque andino. El alerce se mezcla entre el resto de los árboles y se nos enseña a distinguirlo, sobre todo por su peculiar corteza.
Quedan pocos ejemplares y es especialmente protegido debido a que el siglo pasado fue objeto de una intensa tala. Un ejemplar, antiguamente descartado para el corte, se yergue como el “alerce abuelo”, de más de 2.600 años, 57 m de altura y una circunferencia en su base de unos 9 m. Es impresionante, e imposible abarcarlo totalmente con la mirada.
Ante estas muestras tan prístinas de la naturaleza, reflexionamos: “¡Qué bueno que los caminos aún no llegan a todos sitios!”