Las reducciones funcionaron con la precisión de un reloj. Todo en perfecta línea y orden. Esto se puede sentir con toda claridad, con sólo echar una mirada a las ruinas.
La Reducción de San Ignacio fue construida de un solo envión siguiendo los planos con los que la Compañía de Jesús construía reducciones en otras regiones del mundo. Luego de ser reclutada por los jesuitas, la población indígena vivió en un campamento provisional y sólo cuando todo estuvo terminado, el pueblo pudo mudarse. Pero ninguna reducción estuvo diseñada para un crecimiento espontáneo y el desarrollo tenía un límite: si la población superaba los 6000 habitantes se enviaba el excedente a otra reducción que estuviera atravesando una caída demográfica. San Ignacio llegó a alojar a 3300 personas.
En el centro está la plaza, un espacio vacío de arquitectura, pero desbordante de contenido simbólico. Representaba lo comunitario y en ella se realizaban las actividades culturales de la reducción. Tiras de viviendas cercaban la plaza por tres de sus lados, y en el cuarto se ubicaban alineados el templo (la única arquitectura que sobresale en fastuosidad y altura), el cementerio y los talleres.
Las viviendas se agrupaban en barrios que pertenecían a un cacique y su tribu. La casa del cacique era igual a la de los demás, pero estaba ubicada en un lugar privilegiado: en el frente, con vista a la plaza central.
En uno de los extremos de la plaza se encontraba el temible rollo. Las cárceles eran muy raras en las reducciones. Las cosas eran más sutiles: sólo una columna de madera erigida sobre una base de piedra era lo necesario para mantener el orden. Este monumento presente ante la vista de todos era el símbolo de justicia y de vergŸenza pública. Aquel que había violado alguna norma era atado al rollo y azotado en público.
Luego debía reconocer su falta y pedir perdón.
Dentro de las misiones reinó una organización comunitaria, sin riqueza ni lujos, donde todos trabajaban y consumían por igual. Tuvieron tanto éxito que, un siglo y medio después de ser fundadas, la corona española las consideró una amenza para su sistema aristocrático y decidió expulsarlas.