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Los Bolillos es sólo uno de los hermosos atractivos que uno encuentra en el camino desde Andacollo hasta el
Domuyo y sus 4.709 metros.
Por la ruta 43, no se puede pasar por alto el mirador de La Puntilla, cuyas pasarelas que se internan hasta el borde del precipicio dejan ver cómo el río
Neuquén serpentea entre la montaña. Más adelante, el camino de ripio conduce a Varvarco, un pueblo que se promociona como "La puerta del Domuyo", el pico más
alto de la Patagonia, con 4.709 msnm. Esta montaña, casi en el límite con Mendoza, es el objeto de deseo de los montañistas, a quienes se los cruza
seguido cargando sus mochilas.
Si hasta Los Bolillos el camino era una aventura en sí mismo, por sus curvas y contracurvas al borde de la cornisa, desde allí esa sensación se
multiplica, y recién se apacigua cuando el guía Martín promete el mejor de los paisajes en cada parada. Y no defrauda para nada. La postal que regala
el Cajón de Atreuco es conmovedora. Un arroyo surca las laderas, para perderse luego entre dos enormes paredones que apenas le abren paso.
Los Tachos es otro de los puntos que el guía adelanta como "increíble". Para comprobarlo, hay que caminar 20 minutos por un sendero que
bordea la montaña de más de 2.250 m. Mientras uno trata de pisar con firmeza, con la barranca a un costado, de pronto alguien trasmite a grito
pelado su asombro a todo el grupo. Desde la improvisada platea se distingue un par de columnas de humo, que hacen apurar el paso para descender
hasta el turbulento lecho del arroyo Covunco. Hay que cruzar un puente hasta la otra orilla para buscar la mejor foto bajo el vapor y, bien de
cerca, tratar de comprender cómo surgen estos géiseres escondidos. Desde lo profundo de la tierra y entre las piedras surgen chorros de agua casi
hirviendo, que luego de elevarse más de 3 metros se mezclan con el arroyo frío y forman un piletón de burbujeantes aguas.
Siguiendo con la vista el andar lecho arriba del Covunco, una pequeña humareda es la señal de otro géiser. Siempre
dentro del Área Natural Protegida Domuyo,
la Villa Aguas Calientes es un remanso perfecto. A poco más de una hora de Varvarco y a 18 km de Los Tachos, el relax está asegurado con chapuzones
en estos templados piletones naturales que se nutren de las vertientes de la montaña. Y todo rodeado por un inolvidable paisaje.
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