El Palmar de Colón
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Distante a 54 kilómetro de la ciudad de Colón, se trata del palmeral más meridional del planeta. Es a la vez Parque y Reserva Nacional, y su finalidad principal es conservar los extensos palmares Yatay que hasta fines del siglo pasado se extendían por los territorios de Entre Ríos, Uruguay y parte del sur de Brasil. Un paseo imperdible a través de 8500 hectáreas pobladas de una maravillosa flora y fauna de Argentina.
EL VIAJE
Nos alojamos a 54 kilómetros del Parque Nacional El Palmar de Colón, en la ciudad de Colón en la Provincia de Entre Ríos. Amanecimos con un día nublado, neblinoso, pesado y tan gris que nuestro humor se hizo sentir
al primer humano que cruzamos. ¡Nooo!, nos dijo entre asombrado y risueño, aquí, a orillas del Río el clima es así!!! Amanece plomizo y londinense pero para el mediodía se descorre el telón melancólico y el sol hace sentir su fuerza. Aquí se debe dormir hasta tarde y estirar el día hasta su límite. “Donde fueras, haz lo que vieras”…
Así las cosas, nos dispusimos a conocer el Parque, confiados en el sol que nos prometían. Tomamos la Ruta Nacional 14, con mucho cuidado porque el tránsito hasta puede ser “pintoresco”. Hay camiones de gran porte, por el comercio con Brasil, y viejas camionetas sin luces y sin ninguno de los avances que hoy ofrece la tecnología (incluido un simple cinturón de seguridad).
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El Parque se ubica a la ribera del Río Uruguay con pequeños arroyos y riachos que corcovean entre pendientes y peñascos. Entrar al Parque es una grata sorpresa. En primer lugar porque uno no espera encontrar este paisaje tan “tropical”, tan “descolgado”. Enormes palmeras (Siagrus Yatay), bellísimas, en una cantidad asombrosa!!! ¿Sembradas por la mano del hombre? No, la naturaleza es más “suelta”, no están en hileritas prolijas enmarcando casinos, sino salpicadas, multiplicadas hasta donde no llega la vista, en todos tamaños y grosores. Hay ejemplares de 800 años. Suaves. Hay como barrancas que bajan al río, con pastizales, variedad de flores silvestres, petunias, margaritas. Al acercarse al río la vegetación es más tupida, con aromos y ñandubayes.
Nos dejamos llevar por el recorrido de los circuitos muy bien marcados, sin dejar de llevar nuestro largavista a mano, porque la variedad de pájaros y animales pequeños para ver es cuantiosa. Como siempre nos llamó la atención el “pájaro carpintero”, con las tres variedades que se pueden ver aquí: el campestre, el real (con nuca roja) y el blanco. También vimos cotorras con sus nidos de ramitas chorreantes formando laberintos de nidos superpuestos, iguales a un edificio de departamentos en un día de reunión de consorcio.
Para el mediodía el sol estaba a pleno, así que almorzamos ya buscando sombra y dejándonos llevar por el sonido de las palmeras apenas movidas por el viento y la increíble cantidad de pájaros que se cruzaban a sus anchas.
Este Parque Nacional comprende 8.500 hectáreas y fue creado en 1966 para preservar, justamente, estos palmares de yatay, los más meridionales del planeta.
A media tarde seguimos recorriendo para toparnos con perdices, algunos ñandúes, nutrias y dicen, aunque no lo vimos, que se puede llegar a cruzar en la lejanía un jabalí curioso. Hay organizadas también aquí actividades acuáticas, pesca y un camping.
El momento más gratificante fue el atardecer, de un color entre rojo y lila que le daba un contraste maravilloso a las palmeras cuyo verde se acerca a los azulinos. La paz de ese momento merecía el silencio y los ojos despiertos. Como sería de contagioso este “ambiente sereno” que un par de zorros, creo que acostumbrado a las ternuras de los turistas mas que a la voracidad de los cazadores, se acercaron a comer de nuestras manos pequeños trozos de pan. No se dejaron acariciar, pero su sola presencia, confiada, de ojitos que reclaman respuesta, nos redimían (por un momento) de las barbaridades que hemos hecho los hombres en su mundo.
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